Fernando Londoño Hoyos
Es un laberinto sin camino de salida. Y sin Ariadna salvadora
Es increíble que habiéndolo padecido tanto, lo conociera tan poco. Porque no fueron muchos los colombianos más odiados y más ultrajados por Hugo Chávez que Juan Manuel Santos. Siendo candidato alcanzó a decir que era especialista en conocer a fondo el personaje que podría convertirse en su colega. Se engañó o sobreestimó su capacidad y la de su bella Canciller para encantar esa cobra, desestimando de paso la experiencia dolorosa que en la materia se había ganado su antecesor Uribe Vélez.
Walid Makled es un bandido cuyas dimensiones no supieron medir nuestros servicios de inteligencia. Creyeron que se topaban con un narcotraficante de alguna monta y tropezaron con una montaña. Sería ya demasiado tarde para el Presidente cuando descubrió que le habían puesto en las manos el peor problema político que hubiera tenido que afrontar. Fue tanta su ingenuidad en la materia, que llegó a ofrecerle al vecino la extradición de ese sujeto tan pronto terminaran ciertos trámites de rutina. Una gentileza entre amigos, que se deben tantas cuando empiezan a amarse después de haberse querido mal.Makled es uno de esos personajes claves de las dictaduras sombrías. Intrigantes, dispuestos a todo, capaces de todo, aprovechan los vientos putrefactos que surgen del fondo de esos regímenes siniestros. Y sirviendo a muchos en sus propósitos inconfesables, saben servirse de silencios cómplices y de intereses abominables. Su fortuna está construida con los peores materiales que suministra la perfidia, especialmente cuando viene armada de poder.
Makled fue, y probablemente lo siga siendo, un hombre riquísimo. Llegó a ser dueño de una gran línea aérea y de los mejores muelles de uno de los más importantes puertos del país. Todo servido para exportar droga en grande escala, para amasar una riqueza fabulosa y para meterse en el corazón de todos los malos latidos del sistema. Dice que lo suyo tuvo la complicidad franca de los más altos mandos de la Guardia y del Ejército, 40 generales no son una mala cifra, y, claro está, de los más cercanos áulicos del Presidente.
Por supuesto que Chávez lo quiere. Y lo quieren con desesperación los que se sienten en peligro por esa bomba, fabricada con tan malos secretos, y presta a estallar. Makled en Venezuela no tendría un largo pronóstico de vida. No habría que ser arúspice para predecir su destino.
Hasta ahí, nuestro Presidente estaría comprometido en una siniestra conspiración contra la verdad que a Colombia le interesa saber, la de la cocaína que pasa a raudales por Venezuela. Pero no en mucho más. Mientras tanto, los americanos deducirían de sus contabilidades del crimen un mafioso apetecible. Como lo fue Fernandinho, el del Brasil, que terminó en una cárcel de São Paulo sin que pasara mucho.
Pero saltó la liebre. Porque nuestro Walid también sabe las historias de Chávez con Hezbolá y con Ahmadinejad. Años de intento infructuoso para conocer las intimidades del Boeing 747 que vuela dos veces por semana entre Caracas y Teherán podrían terminar. Makled lo sabe todo. O dice saberlo. Y ello ya es demasiado, hasta para el desprevenido Obama. Porque el asunto se vuelve de Seguridad Nacional y esas son palabras mayores para la Secretaría de Estado.
Si se extradita a Makled a Venezuela, tendremos con Estados Unidos la crisis más dura desde el proceso 8.000. Y si a los Estados Unidos, caerá como castillo de naipes esa amistad de la que tanto se precia el Gobierno, y la veremos convertida en la más feroz y peligrosa fuente de impredecibles contradicciones. Parece mentira, pero estamos a merced de un bandido y de lo que ha insinuado que puede decir. Lo que mal empieza, suele terminar peor